La batalla del andén: Lxs mil “dueñxs” del espacio público en el centro de Cali | Crónica

Miércoles, 30 de septiembre del 2015

Fotografía: Archivo Diario Occidente.

La Plaza de Cayzedo está situada en pleno corazón histórico de la ciudad de Cali, siendo en tiempos coloniales el punto central y el lugar en donde se realizaban grandes espectáculos culturales, gracias a su apacibilidad y capacidad de congregación de todo tipo de personas, de modo que también fue utilizada  como plaza de mercado y parque estilo europeo, cuando aún conservaba sus rejas de hierro forjado. No obstante, la actividad informal es la más representativa de la zona hoy en día: vendedorxs ambulantes, emboladorxs de zapatos, escríbanxs, voceadorxs de prensa y lotería, son parte del paisaje característico del centro de la ciudad, sin lxs cuales todo sería muy diferente, y aunque son muchísimos los problemas que se ahorrarían, quizá también se perdería un poco de la vida y del sentimiento de supervivencia que tanto desborda este lugar.

Como un oasis de color verde en medio del gris asfalto de la ciudad, un centenar de palmeras rodean la estatua de Joaquín de Cayzedo y Cuero -el primer mártir de Cali-, elaborada en Francia y colocada en 1913. A un costado de esta plaza, se encuentra la catedral de San Pedro que alguna vez despertó con el repique de sus campanas a todxs lxs habitantes de la ciudad que comenzaba a nacer, y también dos construcciones de una pulcritud absoluta estilo francés, el edificio Otero y la antigua Casa Municipal, hoy Palacio Nacional, que se conservan en su mayoría.

Aquí se entrecruzan diferentes aspectos de lo que es la vida cotidiana en la realidad del país y se mezclan los olores de algunas ventas de fruta, puestos de zumos, café y arepas, restaurantes populares y mercados, con los gritos de lxs alquiladorxs de teléfonos móviles, unxs cuantxs prestamistas y vendedorxs ambulantes que llaman la atención para lograr atraer a quienes disfrutan del parque o se sitúan en alguno de los ocho senderos que, formando alguna especie de estrella, se ramifican desde el centro del lugar.

En la actualidad es uno de los lugares más concurridos, y sin duda alguna, también más vivos de la ciudad; era el lugar de trabajo, hasta hace poco, de escríbanxs con máquinas de escribir y sombrillas, quienes preparaban documentos e instancias, pero que se instalaron en la calle peatonal que conduce al Teatro Jorge Isaacs, junto a numerosxs emboladorxs y vendedorxs de todo estilo, de lxs cuales sobresalen lxs vendedorxs de lotería con sus estanterías de hilos de nylon de donde se desprenden hojas largas de billetes que ofrecen la suerte a cuantx transeúnte pasa, así como vendedorxs de café, de gaseosas, de frutas y hasta verduras.

Es así como esta plaza, y todo el centro, se ha ido inundando desde hace treinta años aproximadamente por un número creciente de vendedorxs ambulantes que, a opinión de muchxs, han destruido completamente la estética y el encanto de todo este sector, convirtiendo al centro en un sitio supuestamente amorfo.

Sobre este caso, son muchas las estrategias que ha implementado la administración de la ciudad en los últimos años para recuperar el espacio público, pero estos esfuerzos son insuficientes ante el tamaño del fenómeno. Hace cinco años nada más, se realizó en Cali un proceso de reubicación de 2.850 vendedorxs. La mayoría fueron reubicadxs en 315 locales de dos centros comerciales del sector, pero la organización que tenía a cargo este proceso, quebró y fue liquidada, razón por la que lxs vendedorxs tuvieron que entregar los locales. Por esto, según datos de la Secretaría de Gobierno, al menos 6.000 comerciantes informales y estacionarixs aún ocupan el espacio público en este sector de la ciudad.

Fotografía: Archivo Periódico El País.


La otra cara de la moneda
María Aurora Correa es una mujer de 56 años que ya lleva 7 años como una de las tantas vendedoras que se ubican en la Plaza de Cayzedo. En su metro y medio de estatura están vertidos algunos de los principales rasgos de la realidad que le tocó. Marcada por los errores de un pasado, condenada a revivirlos hasta la vejez, rematada por una pobreza que creía ajena, y aferrada a la única oportunidad de trabajo que le queda.

En su piel ya quemada y con algunas arrugas, se ve que su vida no ha sido nada fácil. Cuenta que solía vivir tranquilamente en la vereda La Candelaria con su hija, hasta que el padre -un conductor de microbús del cual había estado enamorada algún tiempo- quiso tomar la custodia de la niña y desató una pelea legal, dejando a María Aurora sin hija, puesto que ella misma la menospreció por recibir menos ingresos en comparación a su padre, razón por la cual decidió sacarla de su vida y empezar de cero en la Sucursal del Cielo.

Sin muchas oportunidades que tomar debido a que el estudio nunca fue su fuerte y sólo llegó hasta Quinto de Primaria, empezó trabajando en casas de familia, cuidando ancianxs o haciendo el aseo, hasta que esa opción dejó de ser viable en su vida. Entonces, empezó a vender dulces y mecato frente a la Iglesia de San Francisco, pero el trajín de la zona y la presencia de vendedorxs establecidxs con su territorio ya "marcado", la obligaron a mudarse más hacia al centro de la ciudad, al verdadero corazón de la misma, a la Plaza de Cayzedo.

Aunque ahí llegó con el mismo paisaje desesperanzador, fue más fácil adaptarse puesto que la cantidad de personas en su misma situación superan el límite que debería estar establecido. Ahora se pasea con un carrito de metal que aparte de llevar dulces, mecato, cigarrillos y algunos termos con tinto, carga también con el paso del tiempo característico de este material: el óxido; un óxido que podría hacer parte de María Aurora también, si no fuera por el hecho de que ella no se puede quedar quieta por mucho tiempo en algún lugar, o de lo contrario, una de sus peores pesadillas cobra vida.

“Cuando viene ‘El Lobo’ -nombre que le dan lxs vendedorxs ambulantes al camión de la Secretaría de Gobierno- es mejor irse por un rato, para evitar problemas”, cuenta ella, y aunque no se opone a la regulación del espacio público, opina que “los operativos no deberían atropellar a nadie”.

Este tipo de operaciones se realiza cuando algunx de lxs vendedorxs ambulantes infringe la ley, es decir, cuando se adueñan de algún trozo de la zona y se empeñan en no moverse de ese lugar, ya que sólo se les permite vender mientras estén en constante circulación. Es allí cuando Defensorxs del Espacio Público, vestidxs con un característico chaleco y gorra azul, llegan a enfrentarse a lxs vendedorxs ambulantes que ocupan aproximadamente unos 9.600 metros del centro.

“Eso es solamente algo de lo poco que pasa aquí. Lo otro son los problemas entre vendedores, aquí hay mucha envidia”, dice María Aurora mientras observa insegura hacia la izquierda y después a la derecha, desconfiada y amenazante. Si bien debe ser difícil trabajar en una zona donde está prohibido y en la que te pueden decomisar tu único sustento, peor aún debe ser en lo que parece un escenario de guerra silencioso, que aunque no se ve, sí se siente.

Ante esta problemática que también afecta al comercio legal, son lxs comerciantes formales quienes más cuestionan las acciones tomadas contra la informalidad, ya que "la constante competencia ensucia la imagen que se intenta mantener de comercio bien organizado", como argumentó un vendedor de un establecimiento sobre la Carrera 4 con Calle 11 al preguntarle sobre el tema.

Entonces, a pesar de que la Secretaría de Gobierno realiza permanentes labores de recuperación en el espacio público, muchxs de estxs invasorxs, como María Aurora, huyen en el momento y regresan cuando ya no está la autoridad. Y es que, en realidad, no hay espacio suficiente para las personas que viven de estos negocios, por lo que es una batalla constante en los andenes de las calles.

Lo más grave radica en no hacer nada, y aunque es duro, las autoridades sugieren que a lxs ciudadanxs les toca asumir la actitud de denuncia o no apoyo a quien está tomando el espacio, sin tener compasión ante la violación de una ley. Pero, si la ley reclama la defensa del espacio público de todxs lxs ciudadanxs, ¿por qué la ley misma no se encarga de generar alternativas de empleo que resulten sostenibles para estas personas? Quizá el problema de lxs vendedorxs ambulantes se le ha salido de las manos a la ciudad…

La tarde reina en Cali una vez más y el cielo poco a poco se va pintando de tonos de naranja y algunos rosa, a pesar de lo paradójico que resulta que aquí nada es justamente de color rosa. María Aurora se inclina hacia adelante y con la fuerza de ambos brazos sigue empujando su carrito, dándole vueltas a la Plaza de Cayzedo una y otra vez, como en una retorcida versión colombiana del castigo de Sísifo.

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