El artista neutral ha muerto: Ética, estética y la política de crear en un mundo en llamas - Opinión
Hace unas semanas, el diseñador mallorquí Miguel Adrover -figura clave del diseño de modas contracultural de los 2000- rechazó vestir a Rosalía. ¿El argumento? El silencio de la artista hacia el genocidio en Gaza.
Este gesto del diseñador, pequeño pero contundente, desató en mí una vieja pregunta que vuelve cada vez que surge este tipo de polémica: ¿Es posible crear sin generar impacto? ¿Es legítimo no querer politizar el arte? La respuesta breve: sí. La respuesta larga: no sin consecuencias.
Este gesto del diseñador, pequeño pero contundente, desató en mí una vieja pregunta que vuelve cada vez que surge este tipo de polémica: ¿Es posible crear sin generar impacto? ¿Es legítimo no querer politizar el arte? La respuesta breve: sí. La respuesta larga: no sin consecuencias.
El rechazo como acto de creación
Lo que hizo Adrover no fue simplemente “no aceptar una propuesta”. Fue un acto performativo, un recordatorio de que no todo vale, incluso en las industrias creativas que a veces fingen que el arte es una zona despolitizada donde solo importa la estética o la rentabilidad.
Negarse a colaborar con una artista de alcance global como Rosalía -cuya imagen ha sido leída como transgresora, pero también como contradictoria en su uso de códigos culturales y comerciales- es una declaración pública que nos obliga a preguntarnos: ¿Desde dónde elegimos colaborar? ¿Qué estructuras sostenemos con nuestra participación? ¿A cuáles plataformas elevamos y por qué?
El arte como responsabilidad
Cuando hablo de “la muerte del artista neutral”, no lo digo desde el ideal, sino desde la urgencia. Ya no estamos en tiempos en los que sea sostenible crear sin mirar alrededor... Crisis climática, colonialismo cultural, explotación laboral, gentrificación, militarización tecnológica: todo eso cruza también las canciones, los festivales, las galerías, las marcas.
La creación artística en 2025 es indisociable de su contexto. Y eso implica asumir un tipo de responsabilidad narrativa y estructural donde por supuesto que hay matices, pues no todxs pueden hablar de todo. No todxs tienen los recursos ni las condiciones para politizar su obra. Pero el llamado no es a predicar, sino a reflexionar con conciencia sobre el lugar que ocupa el arte en este entramado global, y también a proteger el derecho a decir que no.
Hacia una ética artística situada
En un mundo que arde -desde Palestina hasta el Amazonas, desde los sesgados algoritmos de TikTok hasta los discursos racistas sembrados en campañas de jeans- no hay neutralidad posible sin costo, y como artistas o figuras públicas no podemos seguir delegando esa incomodidad. Porque el arte sí es político, y aunque a veces no queramos tomar bandos, todo lo que hacemos comunica.
Comentarios
Publicar un comentario
¿Qué piensas de esto? Déjanos saber