Lo viral no siempre paga: ¿Quién gana cuando tu canción explota en TikTok o Spotify? - Opinión
En un mundo donde el éxito se mide por cifras de streams, likes o shares, podría parecer que explotar en plataformas como TikTok o Spotify es sinónimo de ganar. Pero detrás de cada canción viral, de cada trend coreografiado y de cada playlist editorial, se esconde una estructura de poder que rara vez favorece a quien crea la música.
TikTok: ¿El nuevo escenario sin pago?
TikTok se ha consolidado como una de las principales vitrinas de descubrimiento musical. Miles de artistas han saltado a la fama gracias a que sus canciones fueron usadas por millones en videos virales. Sin embargo, este alcance no siempre se traduce en ingresos.
En 2024, Universal Music Group (UMG) decidió retirar todo su catálogo de la plataforma tras el colapso de las negociaciones con ByteDance, empresa matriz de TikTok. ¿La razón? Falta de acuerdo en torno a la remuneración justa por el uso de las obras.
Esto revela un conflicto profundo: aunque TikTok se beneficia del contenido musical para mantener a su audiencia enganchada, el pago por derechos de autor, de reproducción o patrimoniales sigue siendo mínimo o inexistente para muchxs artistas. Lo viral no siempre paga. De hecho, a veces ni siquiera notifica.
Spotify: el espejismo de la democratización musical
Al mismo tiempo, Spotify atraviesa su propia crisis. En 2024, la compañía implementó una nueva política que penaliza a las canciones con menos de 1.000 reproducciones anuales, impidiendo que generen ingresos para sus creadorxs. Esta medida fue presentada como una forma de reducir el "fraude de streaming", pero en la práctica afecta directamente a artistas independientes o de nicho, que representan una parte fundamental de la diversidad cultural.
Según un reportaje publicado en Wired, Spotify despidió al 25% de su plantilla y cerró varias divisiones internas, incluyendo proyectos de podcasting y desarrollo creativo. La plataforma enfrenta una presión creciente por hacer rentable su modelo de negocio, sin embargo, en lugar de favorecer a quienes sostienen las creaciones que se alojan en la plataforma, hace unas semanas Daniel Ek, CEO de Spotify, ha invertido cientos de millones de euros en Helsing, una startup de inteligencia artificial militar que desarrolla software para operaciones de defensa en países europeos.
¿Quién controla los derechos… y quién los cobra?
En estos dos casos -TikTok y Spotify- queda claro que los modelos de monetización priorizan a los grandes catálogos, a las majors y a las plataformas mismas, dejando a la mayoría de creadorxs musicales en la precariedad. Aunque lxs artistas firman contratos de distribución o edición, muchas veces desconocen cómo se reparten los distintos tipos de derechos:
- Derechos de autor y conexos
- Derechos de reproducción, distribución y comunicación pública
- Derechos morales y patrimoniales
El sistema actual está diseñado para que el reconocimiento, la viralidad o incluso el engagement no se traduzcan en autonomía económica ni en dignidad profesional, por eso es crucial educarse sobre estos temas.
Alternativas que sí devuelven el control
En medio de este escenario, hay plataformas que ofrecen modelos más éticos y transparentes. Un ejemplo claro es Bandcamp, donde lxs artistas pueden decidir cuánto cobrar por su música, recibir pagos directos de sus oyentes y mantener el control sobre sus derechos y narrativas. Aunque no tenga el alcance masivo de Spotify o TikTok, Bandcamp permite construir comunidad desde la justicia.
¿Qué industria queremos?
Si seguimos midiendo el valor del arte por su viralidad en espacios que no redistribuyen el poder, estamos fortaleciendo una industria que premia algoritmos y castiga la creatividad. Es momento de replantearnos no solo qué escuchamos, sino dónde, cómo y porqué lo hacemos.
La visibilidad no puede seguir siendo sinónimo de explotación. La sostenibilidad artística empieza por el respeto a nuestros derechos.
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